Había una vez, una familia de seis personas. Él más pequeño de los cuatro hijos, tenía apenas tres meses cuando la madre se le murió por causa de una accidente. El padre, que trabajaba en su propia granja, tuvo que contratar a una señora que atendiera a los niños y los trabajos de la casa, ya que la mayor, apenas tenia seis años. La mujer que asumió aquella ardua tarea, era una viuda muy pobre que vivía sola, porque en su matrimonio no tuvo hijos. Ella se esmeraba con mucha pasión, para que los niños no sintieran la falta de su madre, pero la tristeza seguía invadiendo sus rostros. El tiempo y la atención afectuosa de la pobre viuda, fueron borrando poco a poco la tristeza y recobrando la alegría en el rostro de los niños, y comenzaron a participar en las fiestas y cumpleaños de los amigos, pero a ella la dejaban siempre sola en la casa. Quizás para ellos, aquella mujer, era una simple sirvienta, y que el sueldo que le pagaban era suficiente para sentirse feliz. La pobre mujer que trataba con tanto amor aquellos niños, como si hubiesen sido suyos, cada día se sentía mas desolada. Porque en esta vida, lo más triste es: “ sentirse sola en medio de los niños”. Poco a poco aquella desolación, fue llevándola a una depresión aguda, que no le daba fuerzas para levantarse de la cama. El médico de la familia, después de examinarla e investigar a solas con ella, las causa de la depresión, fue a reunirse con el padre y los cuatro hijos en otra sala, y dijo: Ella, físicamente esta sana, él único y milagroso medicamento que puede curarla de la depresión, es: una gran demostración de afecto y cariño, de parte de los niños. La hija mayor, que ya tenia doce años dirigió una mirada comprensiva a su padre y con lagrimas en los ojos dijo: ¡ Papi! Yo quiero organizar, con la asesoría de la maestra del colegio, una comedia musical con algunos compañeros de la escuela y mis hermanitos, donde por medio de canciones y parodias, le pediremos perdón por tanta ingratitud e indiferencias y le demostraremos una conducta afectuosa a partir de ese momento. Al terminar la comedia ofrecida en su honor, la enferma que tenia reservado un puesto central en la sala, fue rodeada y abrazada por los niños y familiares presentes. Ella, con lágrimas en los ojos por la gran emoción, agradeció a todos y especialmente a los niños por la demostración de afecto. Y como por arte de magia, a partir de ese momento, fue recobrando sus fuerzas y su alegría, gracias a un medicamento milagroso que no cuesta nada. |