En una pequeña ciudad de américa latina, vive un sabio nacido en mil novecientos veinte. Y al cumplir ochenta años de edad, decidio escribir el libro número cuarente, donde se queja, que sus compañeros y amigos, desde los años cincuenta fueron poco a poco dejando de participar en las tertulias diarias que teniían en las tardes en el café central de la ciudad. Cuando se puso en venta el libro con el titulo: “Los Esclavos sin Cadenas”, los viejos amigos del sabio, fueron los primeros en comprarlo porque sintieron curiosidad por saber quienes eran “Los Esclavos sin Cadenas”. A medida que cada uno terminaba de leerlo, las tertulias fueron paulatinamente reanudándose, porque sentían la necesidad de salirse de ese gran rebaño de esclavos que se sienten felices y libres de comprar todo lo que “la reina de la cara de vidrio”, les ordéna en forma complaciente y persuasiva. Las conversaciones entre los compañeros y amigos del sabio, comenzaban siempre preguntandose entre ellos: ¿Comó despertar a toda la sociedad, de ese sueño hipnótico a que está sometida?. El sabio dijo, que nosotros somos el mundo y de nosotros depende el futuro de la vida en este planeta. Debemos convertir y multiplicar esta pequeñas tertulias, en foros y conferencias, para llegar hasta el ministerio de educación, donde mediante asambleas entre maestros, padres y representantes podamos comprender que para despertar, es necesario tener una tertulia diaria en cada familia. Otro miembro del grupo intervino diciendo: que es imposible sensibilizar a “la reina de la cara de vidrio” por medio de las tertulias o conferencias, porque la tenebrosa e impenetrable fortaleza de la estupida y vanidosa idolatría, no le permite que entre ni un rayo de luz en su dominio. El sabio aclaro que no es necesario sensibilizar a “la reina de la cara de vidrio”, porque a medida que la humanidad vaya despertando, se liberará de su dominio y su reino desvanecerá como desvanece la sombra en presencia de la luz. Lo más importante es: que la luz de la sabiduría llegue en lo más profundo de la conciencia de cada ser humano ahí, donde tiene su trono el estupido egoismo, la envidia, el odio y la vanidad, para convertirlos; en sublime inteligencia, libertad, justicia y amor. |